Cuando llegué a Chinópolis, todo era nuevo y extraño, para mi, claro, yo había viajado por el mundo, pero solo de vacaciones, nunca hubiera imaginado, ni en mis sueños mas guajiros, cambiarme ni siquiera de ciudad, bueno ni de casa, ja,ja,ja pero la vida nos da sorpresas, sorpresas nos da la vida, como dijo el poeta.
Siempre me ha gustado observar a a la gente, desde que era yo chica, soy como medio detectivesca, (palabra de mi autoría), y entonces me di cuenta que todas las mujercitas de por estos rumbos usaban sombrilla, todas, sin excepción, jóvenes o viejas, bonitas o feas (aunque casi todas son igualitas, ja,ja,ja) y siguiendo los cánones mundiales del migrante, que rezan: al país que fueres, haz lo que vieres, pues me di a la tarea de comprarme una sombrilla, que desde luego tenía que ser totalmente china, esto es, más barata que cara, de color rosado y con lentejuelas y chaquiras, chiquita, porque como las usan a toda hora y para toda ocasión, tienen que caber en sus bolsas de mano, adaptarse a la bici y a la moto, o sea que las sombrillas, paraguas, parasoles o como les quieran decir, deben ser todo terreno, pues acompañan a la propietaria en todo momento, y son las responsables directas, de que en su mayoría, las mujeres Chinas tengan un cutis muy bien cuidado, sin manchas de sol, arrugas, líneas de expresión, lunares, pecas, etc., etc., o sea, vienen siendo como un tratamiento de belleza, que desde luego, a mi me llegó muy tardíamente, pues mis pecas me han acompañado toda la vida, aunque, la verdad una pelirroja sin pecas, es como una jícama sin chile.
Tardé un poco en encontrarla, porque como nunca había usado paraguas ni siquiera en los días lluviosos, ninguna me gustaba, hasta que un buen día, ahí estaba, entre muchas, ella era la más padre, creo que me pasó como cuando te enamoras, ya no ves a nadie más. Mi sombrilla era rosa, con sus lentejuelas y sus chaquiras, chiquita, tal como la había imaginado, y nos volvimos inseparables. Se preguntarán por qué les cuento todo esto, pues porque siempre traía mi sombrilla conmigo, cambiaba de bolsa y la pasaba así como pasas el monedero o la llaves de la casa.
Y un buen día, Picho, mi hijo, que estaba trabajando para Etihad Airways, me invitó a alcanzarle en Shanghai, tenía un vuelo muy padre de 3 días por aquellas tierras, y yo pues que me apunto, y ahí voy, con una maleta pequeña, de esas que no se documentan, y pues como ya era costumbre, mi sombrilla, sin siquiera darme cuenta, se fue conmigo. Cuando paso el filtro de seguridad, yo muy tranquila, como siempre que no traes nada que temer, veo que apartan mi maleta, como si tuviera explosivos, o algo más peligroso, los Chinos no hablan Inglés (casi ninguno), y le llaman o uno que sí hablaba un poco del idioma Shakespearano (palabra de mi autoría), y me dice usted trae algo prohibido, y yo muy segura de que no, le digo, claro que no, y abre mi maleta y saca mi SOMBRILLA, y me dice, esta prohibido transportar esto arriba, en el avión. Sentí que me moría, en segundos vi pasar mi sombrilla al bote de la basura, un sudor frío recorrió todo mi cuerpo, qué podía yo hacer, nada, nada, nada, me quedé petrificada, casi se me salían las lágrimas, el hombre abrió la sombrilla, las zarandeó, la vio por todos lados, o sea, le hizo una auscultación minuciosa, y........ me la entregó. Ufffff!!!!! desde luego, al regreso, documenté la maleta, no podía arriesgarla de nuevo, no creen? To be continued.......
No hay comentarios.:
Publicar un comentario